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Mujeres en la pizca, relatos desde el campo de batalla

Ricardo Ibarra
Written by Ricardo Ibarra

Cuatro mujeres que inmigraron de México a los campos de uva en el condado de Sonoma decidieron contar sus historias al público que llegó a uno de los salones de Santa Rosa Junior College, dentro del programa del Mes de la Herencia Prehispánica.

Sus relatos revelan la lucha por sostenerse de pie en medio del frío, o de la lluvia, o del calor abrasador que debilita hasta a los hombres más fuertes. El de la determinación para levantarse hasta seis días de la semana por la madrugada y regresar por la noche para jugar el rol de la ama de casa, de la esposa, de la madre. Sus narraciones describen el cansancio, la soledad, y hasta abusos en el trabajo.

Estas cuatro mujeres, además de trabajar en los campos del condado de Sonoma, tienen algún nivel de compromiso académico en HEP, el programa de equivalencia de la preparatoria en Santa Rosa Junior College, organizado por Malena Hernández y Enedina Vera.

Estas son las historias que contaron una tarde, “para que no se quede en el campo”, dijo una de ellas, “porque muchas tienen miedo de hablar”.

Cecilia Medero, 50 años

“Allá en México trabajaba en el campo con mi papá. Sembrábamos frijol, maíz, ajonjolí, chiles. Disfrutaba del trabajo porque mi papá, a la hora de la comida, hacía una leña y ponía a asar los elotes para comer, y yo mientras jugaba persiguiendo bichos. ‘Pobrecitos animalitos, déjalos en paz, no te hacen nada’, me decía mi papá.

“Aquí el trabajo es de prisa. El trabajo es bajo condiciones extremas, ya sea en el calor, en el frío o en el agua.

“Mi sueño aquí está satisfecho. Ayudé a mis hijos a terminar sus estudios en México. Uno de ellos es ingeniero civil y ejerce su profesión en ferrocarriles y carreteras de México. He trabajado todos estos años para mandar dinero a mis hijos; sacarlos adelante.

“El dolor más grande que he sentido estando acá es haber dejado a mis hijos. He pagado el precio, con lágrimas, deseando volver a verlos y abrazarlos como cuando estábamos juntos.

“Lo más duro en el campo es cortar las ramas con tijeras mientras tienes las manos llenas de ampollas. Soportar el frío, el calor extremo, el cansancio. También es duro compartir la casa con tres, cuatro familias, porque luego la gente se burla. Y además, tener que convivir con personas que no conozco. No tengo privacidad y no tengo a nadie aquí. Estoy sola“.

Deysi López, 25 años

“Comencé a trabajar en la poda. Lo más difícil es aguantar los cambios del clima durante el día, y que al patrón no le importe, porque sólo tienes que trabajar. Lo peor es trabajar mojada, con los pies mojados y las manos hinchadas.

“Mi sueño es terminar mi carrera de contabilidad. Hay gente en los campos que tiene el potencial para salir adelante, pero se limitan por el idioma, por no saber inglés.

“En la pizca tienes que trabajar como sea, de noche, bajo la lluvia, y tienes que terminar, si no, no te dejan ir.

“Mi mayor reto es trabajar 12 horas y no tener tiempo para mí. Cuando estaba aquí mi hermano, siempre me decía que saliéramos a hacer algo, y yo siempre le decía que estaba cansada. Ahora ya no está aquí, y no lo pude disfrutar. Lo extraño.

“Con lo que te pagan y como está el precio de la vida, apenas sobrevives, no te puedes dar ningún lujo. Tampoco tengo privacidad, vivo en un cuarto”.

Cecilia Yadira Gómez, 31 años

“El trabajo es muy, muy díficil. A veces son jornadas de 10-12 horas. El clima lo hace también muy pesado, y a veces también las compañeras.

Mi sueño es terminar mi carrera. Tengo hijos. Cuando era soltera era más fácil, agarraba mis cosas y me iba. Ahora tengo que levantarme a las 3 de la madrugada, llevar a los niños a la niñera, como a las 5. A las 6 salir al campo.

“Mis niños siempre estaban con otra persona. Por lo general, lo único que me alcanzaba a hacer era bañarlos y ponerlos a dormir. Pero yo no quería más eso para mí ni para mis hijos.

“Mi sufrimiento más grande es que no he podido ir a ver a mi familia. No pude ir al entierro de mi mamá y no la vi por 16 años. Pienso si ha valido la pena, pero veo a mis hijos y sé que vale la pena. Aunque me dolió mucho no volver a ver a mi mamá.

“En veces se me entumían las manos, pero si me iba, me corrían. Me tocó ver a mujeres que se desmayaban. Pero hay discriminación entre las mismas mujeres. Te echan carrilla. A veces por la presión que me hacían, me quedaba. O si no andaba en su relajo me decían que era creída o payasa. Las mismas mujeres me podían hacer la vida imposible.

“Algo de lo más fuerte para mí es haber tenido que dejar a mis hijos por tantas horas.

“Cuando empecé me decían que iba a hacer mucho dinero, supongamos $650. Pero eso lo distribuyes en la niñera, la comida, la gasolina o el aventón. Mis salidas eran a la plaza y al McDonald’s. Y aparte la renta de la casa, que tienes que compartir con alguien más. Eso no es vivir, es sobrevivir”.

Sharon García, 25 años

Yo no conocía el campo cuando llegué de Puebla. Había ayudado a mi abuelo a cortar café, pero nada más.

“Llevo cinco años aquí y no pienso volver. Quiero prepararme y estudiar para llevarle a mis abuelos un certificado de estudios, no sólo dinero.

“Soy madre, trabajadora y estudiante, aunque en ninguna puedes dar el cien por ciento. Tienes la casa, la tarea y el trabajo. Descuidas la casa y los niños, pero en un futuro voy a contar esta historia, por más dura que sea.

Mi dolor más fuerte es dejar a mi niña de un año y seis meses. Tener que ir a trabajar con patrones que te tratan de mala manera sin saber por lo que pasas. Pero todo sacrificio tiene su recompensa.

“La paga no es igual entre hombres y mujeres, aunque sé que depende de cada contratista. Te asignan las mismas tareas que a ellos, y aún así recibimos menos porque supuestamente los hombres hacen el trabajo duro, pero yo lo hacía al parejo.

“Lo más difícil es trabajar con personas sin educación, en especial los mayordomos.

“Uno de mis mayores retos fue trabajar de corrido todo un día y toda la noche, y dejar a mi niña de cuatro meses por 24 horas.

“La vivienda también es difícil, las rentas son excesivas y nos pagan el mínimo. Sólo podemos sobrevivir. En la casa sacrificas tu privacidad y la de tus hijos. Si le sumas a eso el maltrato que recibes en el trabajo, el que todo esté tan caro, lo hace todavía más difícil”.

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