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José Molina, un inmigrante salvadoreño con el tiempo contado en Santa Rosa

Ricardo Ibarra
Written by Ricardo Ibarra

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José Molina dejó su pueblo “44 kilómetros al oriente de la capital de El Salvador” en el año de 1999. Eran tiempos estériles en el campo, después de una larga y funesta guerra civil financiada por los Estados Unidos. Después del sismo que sacudió su terruño en 2001, él y sus compatriotas tuvieron acceso al TPS —siglas en inglés para Estatus de Protección Temporal.

Pero la administración de Trump canceló la posibilidad de renovar este permiso, con lo cual ha establecido que salvadoreñas y salvadoreños con TPS deberán salir del país a partir del 9 de septiembre de 2019, según confirmó la abogada Liliana Gallelli, de la barra de abogados Kerosky Purves & Bogue, con instalaciones en Santa Rosa.

Molina, ahora trabajador de jardinería y construcción, nos invitó a pasar a la sala de su casa en Santa Rosa para exponer su perspectiva sobre el futuro en los Estados Unidos.

¿Cuándo decidió venir a los Estados Unidos?

Acabábamos de pasar por una guerra civil que duró 12 años. Los periodos de posguerra son los más difíciles. Cuando yo decido salir a Estados Unidos, en 1999, tenía 26 años. Había en El Salvador un desempleo de 70 por ciento. Y cuando hablas de 30 por ciento, 20 por ciento están en el empleo informal. Eso en Latinoamérica es gente que vende en el mercado, que anda con sus canastas. El resto eran empleos formales. Jamás pensé que iba a venir a Estados unidos, pero en esa época la condición económica era inexistente. No había fuentes de trabajo. Con una esposa y dos niñas, había veces que ni para comer teníamos. No hubo más opción que buscar el futuro en otro rubro, de una manera forzosa.

¿Vino solo o con familia?

Vine solo. Para venir de El Salvador hay que cruzar tres fronteras: Guatemala, México y Estados Unidos. Eres un ilegal. Y cuando eres ilegal te consideran de los peores delincuentes, porque te vienes escondiendo de las autoridades. Salí de El salvador en camión hasta Tecún Umán, en Guatemala. Fue lo más fácil. Pero ahí empieza el calvario. De ahí tomamos lanchas para llegar a México. Si la memoria no me falla llegué a un lugar que se llama Puerto Escondido. Ahí andábamos en unos lodazales. Fuimos a dar a un cerro. Caminamos en el lodo, escondiéndonos. Ahí en la noche nos fueron a recoger autoridades mexicanas. Nunca supe qué lugar era ese. Unos policías hicieron negocio con los coyotes y nos llevaron a un hotel. Llegamos en camión al D.F. Nos metieron en la parte de abajo donde van las maletas, para que las autoridades no nos agarraran. De camión en camión llegamos a Piedras Negras. Cruzamos por el río a El Paso, Texas. Mi familia me alcanzó en el 2000.

¿Cómo llegó hasta Santa Rosa?

Agarré algunos trabajos informales en Los Ángeles. Nosotros teníamos familiares aquí y venimos de visita. En relación con Los Ángeles, me gustó aquí, porque es más solo, es más verde. El sistema es un poco distinto. Tomé la decisión con mi esposa de venirnos para acá a probar suerte y trabajar, en lo que sea. Todo por ganar un poco de dinero.

¿Cuál es la situación migratoria de su familia?

En 2001 con el temblor en El Salvador se agudizó más la crisis. Y en ese momento de catástrofe Estados Unidos otorga el TPS, el cual nos da permiso de vivir y de trabajar legalmente aquí. La realidad es que tengo la familia mixta. Los dos hijos menores nacidos aquí. Mis otras dos hijas mayores, mi esposa y yo tenemos el TPS.

¿Qué pasó por su mente cuando supo que Estados Unidos le cancelaba el TPS?

Debido a lo que pasó con Haití, Nicaragua y Honduras, era algo que se veía venir. Con mi familia me gusta hablar directo en ese aspecto y casi que empezábamos a prepararnos mentalmente. El problema es que para estas situaciones no se prepara uno. A veces uno cree estar preparado, pero no.

¿Sería viable el regreso de usted y su familia a El Salvador?

Nosotros tenemos una vida aquí. Nosotros tenemos una familia aquí. Aquí hemos crecido. Aquí vine a aprender jardinería y carpintería. Tuvimos que aprender otro idioma. Otras costumbres. Otras tradiciones. Otra forma de vida. Este es otro mundo. Y cuando estás en otro mundo, cambia todo. No existe plan b. No estamos preparados.

¿Regresaría?

La verdad no sabría responderle. No sólo tengo una familia mixta, en realidad tengo una vida mixta porque ya soy de aquí. Es donde me desenvuelvo, donde gano el dinero para pagar gastos, impuestos.  Mis hijos estudian aquí. Mis hijas mayores estudian y trabajan aquí. Yo no puedo votar, pero de una forma u otra el presidente actual Donald Trump es mi presidente. Yo no voté. Pero sí pago impuestos. Sigo las reglas. Tenemos licencias de conducir y cumplimos con nuestras obligaciones. Trabajo y mantenemos la economía de este país. Entonces yo me considero de aquí.

¿Cómo es para usted llevar esta doble vida?, salir a trabajar sabiendo que su permiso está por vencer…

Incertidumbre. Todos los días va haber incertidumbre. Yo no puedo dejar de trabajar. Tengo que seguir la vida. Ahora tenemos el tiempo de gracia. Eso te llena de inseguridad. Cuando estás inseguro somos más susceptibles a cometer errores.

¿Piensa en los agentes de inmigración?

Todos los días. Ahora cuando usted tocó, mi hija de inmediato, dijo: “Papá, están tocando la puerta”. Es una expectativa. Quién será. Nosotros nos imaginamos lo peor. Siempre está latente esta inseguridad. Ya sabemos que ellos están ahí en los 7-Eleven, haciendo redadas. Eso te llena de inseguridad.

Críticos del TPS dicen que esto fue una protección temporal, como su nombre lo dice. ¿Qué piensa de esto?

En mi caso, desde el inicio sabíamos que era temporal. Desde que George Bush lo implementó dijeron que era temporal. Yo siempre he sido consciente de ello, el problema es que se nos olvidó y creímos que era permanente y no era así. Cada 18 meses nosotros habíamos estado renovándolo esperando que el Congreso, el Senado y el presidente lo aprobara o desaprobara. Casi 20 años hemos estado en esta situación.

¿Cómo le gustaría que esto terminara?

Al final, nosotros somos los responsables de lo que pasa en el futuro. Nosotros vamos a tener una reforma migratoria justa. Nosotros mantenemos la economía. Nosotros somos los de los restaurantes, los de los hoteles,  los de los viñedos. Somos los latinos inmigrantes. Somos nosotros quienes construimos la base de este país. Cuando digamos basta, como gente civilizada, caminando y exigiendo nuestros derechos, ese día nos van a dar una reforma justa, pero tenemos que unirnos.

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