Comunidad

George Ortiz recibió doctorado honoris causa de Sonoma State University

Ricardo Ibarra
Written by Ricardo Ibarra

Defensor de los derechos de inmigrantes por décadas en el Norte de California, George Ortiz se ha ganado el reconocimiento de la comunidad académica al recibir el domingo 20 de mayo el doctorado honoris causa por parte de Sonoma State University.

Hijo de inmigrantes mexicanos, trabajador agrícola desde la infancia, líder estudiantil, activista por los derechos de jornaleros desde la época de César Chávez y hasta un conjunto de viviendas para campesinos bajo su nombre en Santa Rosa, Ortiz, con 83 años de edad, es un legado vivo en el condado de Sonoma.

¿De dónde viene George Ortiz?

Nací en Los Ángeles, el 11 de agosto de 1934. Mi madre era llamada Rita. Mi padre, Francisco. Ambos inmigrantes de Sonora. Crecí en 1070 South Dakota Street. Eso era en el Este de Los Ángeles. Estuve allí hasta que tuve unos 10, 11 años. Y nos mudamos a Perris, California, que se encuentra en el condado de Riverside. Eso fue porque mi hermano mayor y yo teníamos asma, así que fuimos a un clima más seco y elevado.

¿Qué hacían sus padres en aquel tiempo?

Mis padres eran trabajadores agrícolas. Mi madre se hacía cargo de la casa. Y juntos, como familia, trabajábamos para recoger los cultivos, papas y cebollas. Y en la temporada baja, íbamos a Riverside a recoger naranjas. También solíamos migrar a Milford, Utah, para recoger papas a principios del otoño. Éramos migrantes. La mayor parte de nuestra labor campesina era en familia.

Comenzó a trabajar a una edad muy temprana…

Oh, sí. Antes había un permiso de trabajo con el cual podías empezar a trabajar a los 12, pero comencé a trabajar al menos desde los 11. Sólo me puse a trabajar, nadie me pidió mi permiso de trabajo. Incluso cuando lo tuve, nunca me lo pidieron. Recogía papas cuando comencé. Quizá pesaba entre 34 y 36 kilos. Solía recoger costales de papas de 30 kilos para ganarme cinco centavos. El costal era casi de mi peso y solía llevarlo de un lado a otro. Lo hacía una y otra vez.

¿Cómo fue trabajar tan duro desde niño?

Lo que más recuerdo es el calor infernal que hacía, unos 110 grados (Fahrenheit) a la sombra. ¡Un calorsote, qué barbaro! Y una gran cantidad de polvo que hacían las máquinas que sacaban la papa del suelo. Era un trabajo duro, tenías que luchar contra la máquina para mantenerte a su ritmo.

¿Cómo influyó esa experiencia en su vida?

Aprendí a trabajar, tenía que hacerlo. Eran tiempos diferentes. Yo era parte de la familia y formaba parte de la economía familiar. Mi cheque solía ir a mi madre. Mi madre era la banquera. Ahorraba las ganancias y teníamos que pedirle préstamos y luego tener una tarifa de crédito. “Así es como lo hacen aquí”, decía. Era difícil. Necesitábamos el dinero para sobrevivir los inviernos. Mi padre estaba muy orgulloso y nunca tomamos dinero de programas sociales.

¿Tiene algún resentimiento con su madre por no tener su propio dinero?

Nunca pensaba en eso. Ella me daba dinero. Tenía escuela, ropa, comida, cosas así. Pero en cuanto a ir al cine y eso, no había. Ella se encargaba de lo necesario. Cuando terminábamos con los cultivos, me enviaba a Los Ángeles con una hermana para comprar ropa para la escuela.

¿Cuál era su relación con el dinero?

Yo sacaba entre 100 y 200 costales al día, de 30 kilos cada uno. Sacaba mis 7, 8 dólares al día. Súmale, si trabajaba seis días a la semana… ¡Era un productor económico! Recuerdo que una vez hice 70 dólares en una semana. Cuando iba a la tienda a comprar algo, siempre calculaba el gasto en costales. 100 sacos eran como 5 dólares. 5 centavos por costal. Así era. Así aprendí a trabajar, nunca le tuve miedo al trabajo.

Ortiz terminaría la preparatoria en Perris Union High School donde destacó como atleta, orador y líder estudiantil. En 1958 concluyó su licenciatura de artes en lo que sería después Fresno State University. Anduvo por Alemania después de la universidad tras enlistarse con las fuerzas armadas, donde hacía labores como criptógrafo. Al regresar al Área de Bahía intentó continuar sus estudios en leyes pero conoció a su actual esposa Rita en San Francisco, con quien tiene más de 50 años como pareja.

¿Cómo llegó al condado de Sonoma?

Hacía labores de carpintería y construcción con mi suegro en Marín, pero no me gustaba mi trabajo. Vi un anuncio para trabajadores sociales en el condado de Sonoma, y apliqué. Me sorprendí cuando lo primero que me preguntaron fue si sabía hablar español, respondí que sí. Fue el primer trabajo que tuve donde utilizaba mi idioma, mi cultura. Ya sabía lo que era el menudo, las enchiladas. La gran mayoría aquí eran mexicanos entonces, y muchos que venían de Texas a pizcar la ciruela y la uva, y como muchos, se quedaban. Así empecé aquí, por medio de los programas sociales del condado. Me gustaba mucho mi trabajo pero no me pagaban muy poco. Podía ganar más en la construcción.

¿Por qué lo hacía si ganaba tan poco?

Es lo que quería hacer. Quería trabajar con la comunidad, quería trabajar con la gente. Para eso había estudiado. Y no quería depender de mi suegro, para quien trabajaba.

El periódico Press Democrat lo destacó como una de las 50 personas que dieron forma al condado de Sonoma en el siglo 20, ¿qué considera lo hizo merecedor para tal reconocimiento?

Pienso que necesitaban la cara de un latino (risas)… Y bueno, ayudé a formar Latinos Unidos del Condado de Sonoma, que todavía continúa hasta hoy. Iniciamos ahí una fundación escolar para latinos y hasta este entonces hemos dado más de un millón de dólares en becas. Ayudé a iniciar lo que es hoy el California Human Development, una agencia con un ingreso de 16 millones de dólares, donde trabajamos extensamente con trabajadores agrícolas y de la cual fui su primer director ejecutivo y primer presidente de la mesa directiva. Fui uno de los primeros miembros de MAPA (Mexican American Political Association), por medio de la cual conocí a César Chávez en los años sesenta y setenta.

¿Cuál era su relación con él, cómo eran sus conversaciones?

Lo recuerdo cuando estaba en su ayuno, cuando mantenía su estrategia de no violencia. Me dio un libro de Mahatma Gandhi sobre la idea de no violencia para generar el cambio. En una ocasión estábamos en San Francisco, donde estaba el Departamento de Labor. Y habíamos unos 40 o 45 de nosotros, exigiendo más dinero para los pobres, especialmente para el jornalero. Y estábamos ahí fregando cuando bajaron unos agentes y dijeron que se reunirían con algunos de nosotros. Así que yo estaba entre ellos. Yo tenía un veliz bien amolado con una calcomanía de MAPA, pero lo olvidé cuando íbamos para adentro del edificio. Salgo a recogerlo y regreso corriendo para alcanzar a los demás cuando tres agentes me noquearon y me esculcaron el veliz. Ahí tenía mi libro de Gandhi que me había regalado César. Las únicas bombas que traía eran esas hojas de papel. Era un activista en ese tiempo. Estaba al frente, en la línea de vanguardia.

Mencionó que recordaba a César Chávez durante su ayuno…

Él tendría ya unos 27 días de ayuno cuando lo vi aquella vez. Me causó tanto impacto ver la dedicación de este hombre, que puso su vida en vilo. Podía ver que estaba muriendo por un ideal, estaba muriendo por una causa. Y no tenía miedo de hacerlo.

Esa fue una época que cambió la visión del estadounidense respecto al trabajador mexicano en California, ¿lo cambió a usted?

Nunca he tenido grandes revelaciones religiosas, pero en cierta ocasión estábamos en una misa católica. Y salió el padre con el águila negra grande en el pecho y llamó a César, que estaba acostado ahí, ¡porque estaba muriendo! Sólo le daban agua con limón. Y  le dio una hostia, que era un pedazo de tortilla seca. Esa fue una gran revelación para mí. Nunca me sentí tan orgulloso de ser mexicano que en ese tiempo. Porque siempre te veían hacia abajo, como cholo, como maleante. Al fin uno de los nuestros se había puesto de huevos, y dijo ‘soy mexicano y si no te gusta no es mi culpa’. Y todo lo que hizo fue para juntar a la gente. Moriría después por las consecuencias que ocasionó en su cuerpo.

Su nombre ya es parte de la historia del jornalero en el Norte de California, hay un complejo de viviendas llamado Ortiz Plaza en Santa Rosa. ¿Se siente satisfecho?

En la ceremonia de colocación de la primera piedra, conté una historia: Había un japonés que acababa de salir de los campos de concentración, pero tenía tierras, y tenía una cosecha de papas en Utah. Así que fuimos allá. Nos dio una pequeña casa con dos habitaciones, una para la estufa y la otra para dormir. Iban mi madre y mis tres hermanas. Ellas dormían en la casa y los hombres nos quedábamos afuera. La casa no era suficiente, pero estaba limpia y fuerte, así que mi papá hizo una carpa y puso dos catres. No había cama para mí. Yo tendría unos 11 años. Mi papá era bueno con la carpintería, así que me midió, hizo un cajón y lo puso en el suelo en medio de él y mi hermano. No teníamos colchón, pero teníamos muchos costales. Y los agarró y los puso adentro del marco y mi mamá le puso una sábana y coció dos toallas para hacerme una almohada y me puso un zarape. Ahí dormí tres, cuatro semanas. Dormía bien, calientito. Llegaba cansado de trabajar, así que no me fijaba en nada más. Los niños de esas casas, y otras que ayudamos a construir, no tendrán que pasar por eso. Es lo que pienso.

El mexicano, y el inmigrante de color en general, vive de nueva cuenta tiempos difíciles en Estados Unidos. ¿Hay alguna diferencia entre las luchas de hoy y las de antes?

Nuestra democracia como la conocemos está en peligro, tanto como sociedad, como país. Tenemos que encontrar formas de trabajar por el bien común y el voto es la manera de llevar a la gente al poder. Estamos en riesgo en este tiempo. Según sus propios números, dicen que hay aproximadamente 11 millones de personas indocumentadas que viven en los Estados Unidos, 7 millones de ellos son mexicanos, 2 millones están en California. Aquí en el condado de Sonoma hay por lo menos 35,000 indocumentados, la mayoría de ellos mexicanos. Y muchos de ellos trabajando como campesinos o en la construcción. Entonces tenemos una tremenda fuerza de trabajo, ¡somos una tremenda economía! California pasó de ser la economía número 6 del mundo al número 5, rebasando incluso a Gran Bretaña. Somos un estado muy rico y poderoso. El latino aquí tiene un gran poder.

¿Cuál es entonces el poder real del latino?

Fíjate en los candidatos postulándose en las próximas elecciones, la mayoría es gente de color

Aquí en el Condado de Sonoma hay pocos latinos electos, ¿qué falta?

He vivido en esta comunidad aproximadamente 52 años. El latino ha crecido en número y en influencia, gracias sobre todo a que somos muchos, pero no somos tan influyentes como lo indican nuestros números. El caso de Andy López señala muy claramente cómo lidian con una minoría. En el mejor de los casos, este hombre (Erick) Gelhaus cometió un terrible error, drástico. Algunos dirán que fue un homicidio, otros que fue un homicidio involuntario. Aquí está un hombre en la aplicación de la ley durante muchos años, incluso instructor para sus colegas oficiales en la Oficina del Alguacil, que estaba patrullando con su chaleco antibalas puesto, en su coche, en la sección pobre de nuestra comunidad. Y vio a un niño con un instrumento que dispara balines y que parecía un arma, lo sabemos. Desde mi perspectiva, este sujeto Gelhaus salió de su patrulla, grito que soltara el arma, ¡y comenzó a disparar! No le dio a ese joven la oportunidad de reaccionar de una forma u otra. Lo impactó con siete de ocho balas que disparó. Tenía 16 balas en su cámara, así que disparó la mitad a un joven. El chico estaba derrotado en el suelo, porque las balas te derriban. Estaba abajo y él le disparaba cuando estaba caído. Esta fue una actitud de vaquero. Eso es lo que veo en el departamento del alguacil, que fue nutrido por el sheriff (Steve) Freitas durante muchos años. Y es un departamento de alguaciles blancos, dominado por vaqueros. Eso es racismo. Miden las cosas por raza, aunque siempre lo negarán. Lo peor es que Freitas ni siquiera lo consideró un error. Sacó al hombre de las calles durante 3 o 4 meses y volvió a ponerlo de nuevo en las calles. Y además de eso, ¿lo promueve? ¿Y ahora tiene a oficiales a sus órdenes? Realmente tengo problemas con eso.

¿El racismo se ha institucionalizado?

Tengo problemas con la comunidad que no ve cómo el color de la piel de una persona dicta una política. Mientras ellos sientan que somos insignificantes, que somos menos humanos que ellos, tendremos problemas.

Noticias y eventos desde la región vinícola del norte de California para la comunidad latina.

Posted by La Prensa Sonoma on Wednesday, February 7, 2018

Contacte al editor de La Prensa Sonoma, Ricardo Ibarra, en el teléfono: 707-526-8501. O en el correo electrónico: ricardo.ibarra@pressdemocrat.com. En Twitter @ricardibarra.

Click here for reuse options!
Copyright 2018 La Prensa Sonoma