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Mujer indocumentada del Valle de Sonoma cuenta su historia

La primera vez que Gabriela —pseudónimo de la entevistada— cruzó la frontera sin papeles, lo hizo a pie, en una línea con otros caminantes por el concurrido paso peatonal de Tijuana, a San Ysidro, San Diego.

“Cuando mi esposo vino, lo hizo por el desierto”, dijo Gabriela. “Yo le dije: ‘No quiero cruzar por el desierto porque he escuchado muchas cosas malas”.

En cambio, ella y sus dos hijos pequeños pasaron un mes en Tijuana, quedándose con desconocidos y mudándose de casa en casa. Cuando los ‘coyotes’ que había contratado le dijeron que el tiempo parecía adecuado, recogió sus cosas y esperó instrucciones.

“Mis hijos son tan rubios, que pasan por americanos“, dijo Gabriela.

Fue instruida para entregar a sus chicos a una pareja, y seguir sus movimientos por detrás, mientras caminaban. “Me dijeron, ‘si nos cambiamos de línea, te cambias tú también’. Pero yo estaba tan asustada —¡pensé que me iban a ver!— y creí que me veía sospechosa, así que por un momento sólo me quedé en mi línea, y pues me descubrieron”.

Sus hijos desaparecieron en la multitud que avanzó hacia el norte, y Gabriela sintió que la tierra temblaba debajo de sus pies.

Pasó una semana. Luego otra. “Y luego me dicen, ‘la próxima semana vamos a intentar de nuevo'”, dijo Gabriela. Esta vez fue colocada en un coche. “Ahí adentro no podía comer, no podía dormir. Estaba desesperada por venir a ver a mis hijos“.

Los coyotes colocaron a Gabriela en el asiento trasero de un vehículo y colocaron a una jovencita al frente. Pero la joven tenía tanto miedo que le temblaban las manos. “Pienso, ¡Oh, no es bueno!”, recordó Gabriela. “Yo sé hacerla de actriz cuando es necesario”. Le rogó a los coyotes que la pusieran adelante, donde sonrió al guardia de la frontera, quien les hizo un gesto con la mano para dejarlos pasar.

Han pasado 16 años desde que Gabriela dejó México, y no ha regresado un sólo día desde entonces. “La mayoría de la gente como yo, no vuelve a México”, dijo Gabriela.

Volver de un viaje como ese sería costoso y peligroso. El costo del cruce fronterizo que pagó Gabriela en 2001 por $2,500 dólares, podría costar hoy $10,000 o más. Incluso cuando una persona realmente necesita volver a casa, sin documentos legales para regresar, el riesgo es grande. “Mi pobre marido, su padre murió, y no pudo ir. Después de eso, mi suegra estuvo muy enferma, y ​​no pudo ir a ayudar”, dijo Gabriela.

Entrelaza sus manos sobre la mesa de la cocina y deja pasar un momento de tranquilidad. “Es un precio muy alto el que hay que pagar”, dijo en voz baja.

Ella nació en un pueblo pequeño cerca de Guadalajara, Jalisco. Fue la 13 de 15 hijos nacidos de sus padres, aunque creció sin ver mucho a su papá. Él había venido a los Estados Unidos a finales de los 50, como bracero, trabajando en la cosecha de Sonoma cada temporada. Eventualmente, consiguió la ciudadanía, pero sus esfuerzos por legalizar a sus hijos fracasaron.

“Porque no sabía leer ni escribir, pagó dinero a un hombre que nada más le robó“, dijo Gabriela.

Lo que sí consiguió fue los números de Seguro Social para sus hijos, lo que Gabriela pensó que le daría permiso para trabajar aquí.

“Cuando estaba en México, me dijeron ‘puedes ir y puedes trabajar porque tienes un número de Seguro Social’, pero nunca me muestres la tarjeta”. La tarjeta de Seguro Social de Gabriela está sellada con las palabras “No válida para el trabajo”. Amigos le aconsejaron apelar, con la posibilidad de que el gobierno estadounidense pudiera cambiar su estatus, pero fue en 2001 cuando las Torres Gemelas acababan de caer, y la actitud estadounidense hacia los inmigrantes cambió.

“El primer mes después de eso, cada que veía una patrulla de la policía quería correr”, dijo Gabriela. “Pero ese año que cayeron las Torres Gemelas dejaron de dar credenciales de identidad”.

Ahora es empleada del hogar. “Amo mi trabajo. Me gusta limpiar, me gusta lo que hago. Mi trabajo no es como un trabajo, es como una bendición“, dijo Gabriela. Ella paga impuestos como todos los demás, y contribuye a la economía con cada compra.

Quiero ganar mi dinero para los gastos que tenemos aquí. No siento que sea una carga para la ciudad, y no quiero enseñar eso a mis hijos. Ellos me ven ir a trabajar todos los días”, dijo.

Cuando su hija nació en 2006, la ya complicada situación de Gabriela se volvió aún más espinosa. Ahora, ella y su marido indocumentado, y sus dos muchachos indocumentados, tenían un miembro de la familia con la ciudadanía estadounidense. ¿Qué siente una madre indocumentada cuando siente que podría ser separada de su hija americana?

“Oh… es una lástima”, dijo, con el rostro contorsionado por la simple idea.

Le da algo de consuelo saber que sus hijos tienen DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) e identificados como ‘Dreamers’, aunque esa designación cuesta $1,500 mantenerla cada dos años. Y su matrícula en la universidad comunitaria cobra una tarifa que incluso las familias de clase media luchan  para obtener. Además, los chavos deben pagar $500 por permiso para trabajar. Una serie de castigadores asuntos costosos.

Pero los miembros de su familia se han entrenado para trabajar por lo mejor y prepararse para lo peor.

“Mi esposo siempre le decía a mis hijos cuando eran adolescentes: ‘Sé bueno y haz lo correcto. Pero si tienes un problema con la policía, no puedes llamarme. Si llego a ir, tal vez los dos tengamos que regresar a México”, dijo Gabriela.

16 años son un tiempo muy largo para vivir en un estado de incertidumbre, y el último año se ha vuelto mucho peor para la familia. “A veces, cuando estamos en la calle, puedes sentir que la gente te mira, con cierto recelo”, dijo Gabriela. “Trump hizo eso. Desde Trump, cuando estamos afuera, nos sentimos como una cosa pequeñísima e insignificante“.

“Tratamos de sobrevivir y ser felices, pero en el fondo sabemos que estamos teniendo problemas. Todos los días voy a trabajar y estoy diciendo: ‘Por favor, Dios, déjame volver a casa’. Todos los días es como una aventura aquí. Vas al médico y dicen: ‘¿Cómo te sientes?’, ¿pero cómo puedes decir, ‘tengo un dolor en la cabeza y en mi estómago todos los días, me siento tan cansada?’. Tienes que vivir así, pero es una manera difícil de vivir”.

Y así pasan los días, uno tras otro, cada salida y cada mandado contagiado por el peligro.

“Incluso si no quieren darme residencia, solo quiero un permiso para trabajar y permiso para salir y volver cuando quiera. Mi sueño son los papeles. Si tengo los papeles sé que podemos comprar una casa. Podemos pagar más dinero por los impuestos, pero trabajaré duro para tener un hogar grande e ir a México, y veré a mis amigos y me familia, y veré a mi suegra”. Imaginar estas cosas le trae una sonrisa a su rostro.

En medio de una noche oscura hace apenas unos meses, Gabriela fue despertada por su marido. La casa móvil donde viven estaba fundida en una sombra profunda, y en la oscuridad no podía distinguir su rostro. Él la llamó con urgencia, y ella buscó una luz.

“Él me dice, ‘Gabriela, creo que me voy a morir‘. Estaba temblando”, dijo.

Ella le preguntó si quería ir al hospital, pero él dijo que no, que sólo se sentía mal, enfermo de miedo. Le dijo a su marido que a veces tenía el mismo sentimiento. Luego alcanzó su teléfono y buscó el término “ataque de ansiedad”, donde aprendió que la risa era a menudo la mejor medicina.

En medio de la noche oscura puso una película de la Pantera Rosa en la televisión, y juntos se rieron hasta que la luz rompió el horizonte.

Escrito por la reportera de Sonoma Index-Tribune, Kate Williams 

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  • Gabriela Martinez-Meillon

    Gracias por compartir en forma tan humana estas dificiles historias….le deseo a Gabriela y a su familia que puedan arreglar su situacion, bendiciones para todos ellos!