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Lucero Vargas, una latina en la industria del tatuaje en Santa Rosa

Ricardo Ibarra
Written by Ricardo Ibarra

Su madre fue muy clara con su papá, cuando le dijo: “O te regresas a México definitivamente o nos llevas contigo a los Estados Unidos”. Así fue como la tatuadora Lucero Vargas emprendió el viaje al norte, con su mamá y hermana menor, a principios del milenio.

En aquel entonces, apenas con 10 años, aún no sabía que tomaría la decisión de abrir su propio estudio de tatuajes en la ciudad de Santa Rosa, es más, ni siquiera sabía que llegaría a plasmar su creatividad en la piel de otros y, más que un trabajo, hacerlo su estilo de vida.

Apenas en tránsito de la niñez a la adolescencia, crecer en los vecindarios de Los Ángeles —lejos de sus familiares en Ecatepec, conocido entre la raza como ‘Ecatepunk’, por el anárquico sistema de vida de este barrio del centro de México—, le costó adaptarse “al otro lado”. Pero el dibujo, la danza azteca, y después, los tatuajes, le ayudaron a encontrar la identidad que comenzó a cuestionar cuando cruzó la frontera.

“Mi papá vivía aquí desde que yo tenía meses de nacida. En aquel tiempo era fácil cruzar la frontera. Venía a trabajar por una temporada y se regresaba. Por el estilo de vida aquí, creía que no era una buena idea traernos. Después de mucho tiempo, mi mamá se fastidió de estar así, y le dio a escoger… Fue entonces que nos mandó traer”, recordó Vargas en el estudio de tatuajes The Hole Thing, donde le prestan un espacio para tatuar, mientras abre el suyo, donde promete dar empleo sólo a mujeres tatuadoras.

“Es un ambiente difícil, con una mayoría de hombres que hacen el ambiente muy competitivo. Quiero abrir un lugar donde las mujeres podamos trabajar y hacer lo que nos gusta”, dijo. “Conozco a varias aquí en el área, anglosajonas, todas talentosas”.

Una situación llevó a la otra. En Los Ángeles, cuando todavía era una adolescente, comenzó a practicar futbol. En el mismo parque, un grupo de danzantes practicaba sus pasos rituales cada semana. El sonido del tambor le fue irresistible. Entró al círculo de la danza. Recibió la purificación del copal. Obtuvo sus plumas. “Me cambió la vida, me sentí en casa. Era de nuevo yo, porque por muchos años me sentía en un mundo nuevo, donde todo se me hacía feo: la gente, la comida, el lugar, el lenguaje”.

La danza la llevaría a varias personalidades vinculadas con la expresión de su cultura, por medio de la tinta. “Varios tatuadores me decían que dibujara diario y que practicara con mi pulso. Creía que no me querían ayudar, pero cuando comencé profesionalmente, me di cuenta que era cierto, necesitas práctica para hacer bien una línea”.

Reconoció que la interacción con tatuadores angelinos, mientras se involucraba en actividades nativoamericanas, le formaron una visión del tatuaje, más allá de la acción profana de inyectarse tinta en la piel. Comenzó a llamarlo una ceremonia de tinta. “El tatuaje es más que una estampa. Es un sacrificio que damos a cambio de un rezo, o una manda, si se puede decir. Un amigo le llamaba ceremonia de tinta”.

Ha pensado mucho en esta idea: “Sé que el cuerpo es un regalo que nos dio el creador, y hay que cuidar de él. Después de unos años de batallar con esto, entendí que todo es un sacrificio. Hay que dar para recibir. En todo hay un balance, también en el tatuaje, tienes que dar dolor a cambio de un rezo, de un pensamiento. Cada tatuaje es personal. Es un ritual muy sagrado”.

Vargas recibe asesoría de la Junta de Desarrollo Económico del Condado de Sonoma para abrir su propio estudio femenino de tatuajes en Santa Rosa, donde planea inaugurarlo a principios de 2018, bajo el nombre de Amanalli Lu. Ahora se encuentra en la búsqueda del espacio para albergarlo.

Amanalli Lu es el nombre que usa como artista, y significa “agua tranquila” en la antigua lengua náhuatl de los habitantes de Tenochtitlan. “Es el que me corresponde según mi fecha de nacimiento, en la cultura mexica”, dijo una tarde en el estudio, mientras se preparaba para tatuar a Mayra Gallegos, a quien le diseó una calavera de azúcar, en memoria de su primera nieta, quien nació y murió en un sólo día.

Marcos Suárez, de la Junta de Desarrollo Económico, dijo que Vargas es una de varias mujeres emprendedoras que han asesorado en días recientes. “Estamnos emocionados de apoyarla y de ver su entusiasmo y pasión en lo que hace, son dos cuestiones importantes y cruciales para realizar el sueño de abrir un negocio”, dijo.

Mientras Vargas abre su negocio de tatuajes, sólo con mujeres, en Santa Rosa, puede seguirla en su cuenta de Instagram, donde la encuentra como Amanallilu.

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ENGLISH

Lucero Vargas, a Latina in Santa Rosa’s tattoo industry

Her mother was very clear with her father when she told him: “Either you come back to Mexico permanently, or you take us with you to the US”. This is how tattoo artist Lucero Vargas undertook her trip to “el Norte”, with her mother and little brother in the early 2000’s.

Back then, at only 10 years old, she did not yet know that she would become a tattoo artist in Santa Rosa. In fact, she had no idea that she would bring her art to reality on other people’s skin or that it would become much more than just a job, it would become her lifestyle.

As Vargas was growing up in the neighborhoods of Los Angeles- far from her extended family and friends in Ecatepec, she learned what was known amongst the Latinos as “Ecatepunk’- the anarchistic style of life in that central Mexican Barrio-, and it cost her a great deal to adapt to life in the US or “the other side”. But with the help of drawing, Aztec dancing, and later, tattoos, Vargas found the identity that she had begun to question when she crossed the border.

“My father lived in the US from the time I was a newborn. In those days it was a lot easier to cross the border. He would come here for work for a season and then he would return. But because of the lifestyle here he had his doubts about bringing us. After a long time of living this way my mother grew fed up, so she told him to choose….It was then that he sent for us”, recalled Vargas from her tattoo studio The Whole Thing, where she rents a space for her work, while she saves for her own, where she promises to only hire female tattoo artists.

“It’s a difficult environment, with the majority being men, it makes the environment extremely competitive. I want to open a place where women can work on and do whatever we like”, she says. I know quite a few in this area, Anglo-Saxons, very talented.”

One situation lead to another and while in LA, while still an adolescent, she started to practice soccer. In the same park, a group of dancers practiced their ritual steps every week. The beat of the drum was irresistible. She entered the dancer’s circle. She received her purification by Copal. She earned her feathers. “It changed my life, I felt at home. I was reborn, because for many years I felt like I was in a new world, where everything seemed ugly to me: the people, the food, the place, the language”.

The dancing would take her through various personalities linked within the expression of her culture, through the medium of ink. “Various tattoo artists would tell me to draw daily and to practice. I thought they didn’t want to help me, but once I started professionally, I realized that it was all true, you have to practice to draw a line well”.

Vargas recognized that her interaction with Anglo tattoo artists, while she was involved in Native American activities, would form her vision for tattooing, beyond the act of injecting ink into the skin. She began calling it a ceremony of ink. “The tattoo is more than just a stamp. It’s a sacrifice that we make in exchange for a prayer, or a command of sorts. A friend of mine would call it a Ceremony of Ink”.

She’s put a lot of thought into this “I know that the body is a gift given to us by God the creator, and it must be cared for. After a few years of wrestling with this, I understood that everything is a sacrifice. You have to give to receive. There is a balance in everything, even in tattooing.  Every tattoo is personal. It is a very sacred ritual.

Vargas received advice from the Sonoma County Economic Development Board to open her own female tattoo studio in Santa Rosa, where she plans its inaugural opening in early 2018, under the name Amanalli Lu. She is currently searching for a suitable location.

Amanalli Lu is her artist name, and it means “tranquil waters” in the ancient tongue of the Nahuatl, the inhabitants of Tenochtitlan. “It is the name that supposedly corresponds with my birth date, according to Mexican culture”, she said one evening at her studio, while she prepared to tattoo- Mayra Gallegos, who wanted a sugar skull, in memory of her first granddaughter, who was born and died in the same day.

Marcos Suarez, of the County Economic Development Board, says that Vargas is one of various women entrepreneurs that they have advised recently. “We are excited to support her and to see her enthusiasm and passion in what she does, those are two very crucial qualities needed to make a dream come true and to open a business”, he said.

While Vargas is working on opening her tattoo business in Santa Rosa, with only women artists, you can follow her on Instagram, where she can be found under Amanallilu.

Translated by La Prensa Sonoma Intern, Jessie Velasco

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